El bebé con alergia a las proteínas de la leche

Un trastorno a vigilar

La alergia a las proteínas de la leche es una de las enfermedades alérgicas más frecuentes en la primera infancia, y va en aumento. Sin embargo, la buena noticia es que el pronóstico es favorable en la mayoría de los casos, en los que remite o desaparece totalmente con la edad.


bebé tomando el biberón

Sumario

 

Una enfermedad frecuente

Tras un largo periodo de lactancia materna exclusiva, Javier estaba tomando su primer biberón de fórmula cuando su madre observó cómo le aparecían unas ronchitas alrededor de su boca. En unos minutos, se extendieron al resto de la cara del pequeño que, además, vomitó la leche que había tomado.

Tras las consiguientes pruebas diagnósticas, los médicos confirmaron las sospechas que los síntomas de Javier les habían despertado: el pequeño tenía alergia a las proteínas de la leche de vaca, una de las patologías alérgicas más frecuentes entre los bebés, pero también una de las que mejor pronóstico presenta.

De hecho, después de seguir una dieta de exclusión, la mayoría de los casos de alergia desaparece con la edad. Así, al año de vida, el 50-60 por ciento de los bebés alérgicos, tolera la leche; a los 2 años, el 70-75 por ciento; a los 4 años, el 80-85 por ciento; y entre los 7 y los 10 años, el 90 por ciento de las alergias desaparece. Pero si a esa edad, el niño sigue sin tolerar la leche –ocurre en el 10 por ciento de los casos iniciales–, entonces se trata de una persona hipersensibilizada, un alérgico de alto riesgo que, probablemente, lo seguirá siendo en la edad adulta.

Los anticuerpos IgE

La leche de vaca contiene decenas de proteínas que pueden actuar como antígenos, es decir, como sustancias que introducidas en el organismo dan lugar a reacciones de defensa. Las más importantes son la betalactoglobulina, las caseínas, la alfalactoalbúmina y la seroalbúmina.

¿Y qué ocurre cuando una persona entra en contacto con estas sustancias? Pues en la mayoría de los casos, nada. Pero en otros, en personas con predisposición genética –atopia–, se puede producir una reacción inmunológica adversa. Es la alergia a las proteínas de la leche de vaca, que aparece cuando el sistema inmune se enfrenta a algunos de estos alérgenos y responde con anticuerpos IgE específicos. Esto da lugar a una reacción alérgica con síntomas inmediatos: vómitos, diarrea, afecciones cutáneas o dificultad respiratoria. Todo un abanico de síntomas que pueden presentarse aislados o asociados y cuya gravedad e intensidad dependen del grado de hipersensibilidad del niño y de la cantidad de leche ingerida.

Este tipo de alergia es, dentro de las alimentarias y en bebés menores de 2 años, la segunda más frecuente, sólo después de la del huevo. Y es que su prevalencia entre la población infantil es mayor cuanto más pequeño es el niño. Así, entre el 2 y 3 por ciento de los lactantes está afectado por esta patología durante su primer año, un porcentaje que se reduce drásticamente con la edad, de forma que es muy poco frecuente entre los niños mayores.

Los síntomas

La alergia a las proteínas de la leche aparece normalmente con el primer biberón, aunque es posible que la sensibilización haya comenzado antes, durante la lactancia materna. ¿Y cómo se manifiesta? Pues los síntomas aparecen de forma inmediata, pocos minutos después de comer; a veces, incluso, el contacto de la boca con la tetilla manchada de leche provoca hinchazón de los labios o urticaria alrededor de ellos. Tras la ingestión, pueden aparecer eritema y urticaria facial o generalizada, vómitos y diarrea, problemas respiratorios –tos, silibancias...– y, en los casos más graves, reacciones alérgicas generalizadas, como shock anafiláctico. Afortunadamente, estas últimas son menos frecuentes en los niños pequeños.

Son, precisamente, esos síntomas tan inmediatos los que facilitan el diagnóstico. Gracias a ellos y a la entrevista con los padres, el alergólogo puede realizar una buena historia clínica: antecedentes familiares de atopia, tipo de alimentación del bebé, síntomas y tiempo transcurrido hasta su aparición tras la ingesta de leche... Si esa historia le hace sospechar la existencia de una reacción adversa a la leche de vaca, el especialista deberá confirmarlo con un estudio para detectar la presencia de la inmunoglobulina IgE, por prueba cutánea o determinación en suero. Pero no siempre la detección de la inmunoglobulina IgE da un diagnóstico definitivo y, entonces, es necesario realizar la prueba de provocación, que consiste en la administración controlada y gradual de leche en la consulta.

¿Qué dieta debe seguir?

El único tratamiento posible, hoy por hoy, es la dieta de eliminación, es decir, la exclusión de los alimentos que contengan proteínas de leche de vaca. En los lactantes, lo idóneo es dar el pecho durante el mayor tiempo posible y, después, sustituir el biberón de leche de vaca por las llamadas fórmulas hidrolizadas extensas. A partir de los 12 meses también pueden elegirse otras fórmulas, como la leche de soja. Las que no están indicadas son las de cabra y oveja, porque contienen proteínas muy similares a las de vaca.

El problema con la dieta aumenta a medida que el niño crece porque la variedad de alimentos indicados para su edad es cada vez mayor y, algunos de ellos, aunque no lo parezca, contienen, como aditivo, proteínas de leche de vaca o restos de las mismas como consecuencia del proceso de elaboración industrial. Así, además de todos los lácteos, deben evitar algunos embutidos y fiambres, golosinas, alimentos en conserva, bollería y dulces, pan de molde y otros productos manufacturados. Por eso, es imprescindible leer atentamente el etiquetado de todos ellos.



Gema Martín